Mientras suena la canción Nunca llueve en la California sureña, de Albert Hammond, camino por el centro de alguna ciudad del conurbano. Los carteles rojos y negros se superponen y se mezclan con los cables, como si fueran venas y huesos. Se escuchan bocinas y gritos, que se confunden con la flauta que suena en la canción. Yo camino, ignorando los signos de mal augurio que veo entre la basura de la calle. Se pueden superponer imágenes de Operación Dragón, de Bruce Lee. Atravieso casas de deporte, casas de belleza, casas de electrodomésticos.
Llego a mi destino: un supermercado chino. Un tipo de pelo largo, con un parecido increíble con Robert Downey jr, me habla. No entiendo que dice. Creo que me pregunta algo, espera que le conteste. Me quedo callado. Un cartel de Nippur, el guerrero de Lagash, se erige inmenso en una pared, portando una espada. Los abdominales del tuerto brillan al sol, orgullosos. Junto a él cuelga un látigo negro, brillante. Le pregunto por el látigo a mi interlocutor. Se lo señalo. Lo va a buscar, lo trae y me lo entrega, entre frases incomprensibles. Ignorándolo, recorro con las yemas de mis dedos la superficie plástica del látigo. Es rugoso y caliente en el mango, como el grip de una raqueta, pero a medida que llego al extremo, se va haciendo más frío y más liso, como si tocara una madera.
Ahora suena Los comediantes, de Charles Aznavour.
El tipo me señala una escalera. Me empuja. Yo me deshago de él y la subo. Arriba me espera lo peor.
martes, 28 de septiembre de 2010
tres reflexiones
Venus
Hay un cuento en el que Bradbury presenta a Venus como un lugar en el que llueve eternamente. Esto conlleva una forma bastante inédita de suicidarse: acostarse en el suelo (tratando de estar a cielo abierto), abrir la boca y mantenerla abierta. Los suicidios de los terrícolas en Venus son bastante frecuentes: Bradbury describe lo que sucede con los hombres que pasaron años y años bajo la lluvia. Es como si la lluvia los fuera desgastando, erosionando. Como si a los astronautas se les diluyera el color en esa lluvia eterna. Sin embargo, periféricamente ubicadas, existen en Venus ciertas cúpulas de Sol: construcciones de mediano tamaño en las que los hombres pueden secarse, pueden comer. Un pequeño sol, ubicado en la parte central de la sala, permite a los hombres desnudarse y tumbarse, refugiados de la lluvia que afuera continúa cayendo, inmortal.
Los venusinos, criaturas anfibias, sabotean las cúpulas. Destrozan el edificio, apagan el sol. Y si hay algún humano dentro, se lo llevan y lo ahogan.
Puedo imaginar esa imagen con “A hard rain is gonna fall” de Dylan sonando de fondo: los venusinos, muy parecidos a la criatura de La cosa, destruyendo la cúpula dorada, mientras Dylan canta sobre una autopista de diamantes que nadie usa, sobre doce océanos muertos.
La diablada
Veo a la diablada durmiendo. Vistiendo pantalones anchos, sucios. Sombreros de paja. En un momento, como si hubiera sido premeditado, todas las panzas se hinchan con el respirar de la diablada. Algunos llevan rastrillos con ellos. Es de madrugada. Sobre el pasto verde nacen pinos altísimos, que se recortan sobre la noche que va muriendo. La diablada, inmutable, sigue durmiendo sin sospechar el milagro que está por empezar.
Requisito
Para que funcione, la materia liviana, ínfima, del poema, debe hacerse carne. Hacerse electricidad. Una potente descarga que recorre el cuerpo y lo llena de energía. O hacerse viento, una brisa que despeina, que sopla en los ojos y los nubla o los llena de lágrimas. Quizás se convierta en sonido, en pluma y en carbón.
Hay un cuento en el que Bradbury presenta a Venus como un lugar en el que llueve eternamente. Esto conlleva una forma bastante inédita de suicidarse: acostarse en el suelo (tratando de estar a cielo abierto), abrir la boca y mantenerla abierta. Los suicidios de los terrícolas en Venus son bastante frecuentes: Bradbury describe lo que sucede con los hombres que pasaron años y años bajo la lluvia. Es como si la lluvia los fuera desgastando, erosionando. Como si a los astronautas se les diluyera el color en esa lluvia eterna. Sin embargo, periféricamente ubicadas, existen en Venus ciertas cúpulas de Sol: construcciones de mediano tamaño en las que los hombres pueden secarse, pueden comer. Un pequeño sol, ubicado en la parte central de la sala, permite a los hombres desnudarse y tumbarse, refugiados de la lluvia que afuera continúa cayendo, inmortal.
Los venusinos, criaturas anfibias, sabotean las cúpulas. Destrozan el edificio, apagan el sol. Y si hay algún humano dentro, se lo llevan y lo ahogan.
Puedo imaginar esa imagen con “A hard rain is gonna fall” de Dylan sonando de fondo: los venusinos, muy parecidos a la criatura de La cosa, destruyendo la cúpula dorada, mientras Dylan canta sobre una autopista de diamantes que nadie usa, sobre doce océanos muertos.
La diablada
Veo a la diablada durmiendo. Vistiendo pantalones anchos, sucios. Sombreros de paja. En un momento, como si hubiera sido premeditado, todas las panzas se hinchan con el respirar de la diablada. Algunos llevan rastrillos con ellos. Es de madrugada. Sobre el pasto verde nacen pinos altísimos, que se recortan sobre la noche que va muriendo. La diablada, inmutable, sigue durmiendo sin sospechar el milagro que está por empezar.
Requisito
Para que funcione, la materia liviana, ínfima, del poema, debe hacerse carne. Hacerse electricidad. Una potente descarga que recorre el cuerpo y lo llena de energía. O hacerse viento, una brisa que despeina, que sopla en los ojos y los nubla o los llena de lágrimas. Quizás se convierta en sonido, en pluma y en carbón.
jueves, 2 de septiembre de 2010
aviso
1
Una raza de supermujeres brota inesperadamente de las entrañas del inabarcable conurbano. Potentes, neumáticas, guerreras.
2
Hijas del desafío tropical, de la muda, inequívoca e involuntaria reivindicación de lo aborigen, hijas del Sol, de una televisión invencible en su banalidad; que no contenta con sus dominios, trasciende sus límites físicos y se cuela en toda la vida: que es como la lluvia, putrefacta, turbia, que entra mansa en mi casa, en tu casa. Y se hace carne: una carne dulce, sagrada.
3
Son la nueva apuesta revolucionaria, que somete por su sabor. Son las nuevas amazonas. Violentas, con su rostro abigarrado de malas intenciones miran desafiantes al mundo. Las hijas de los drugos de Burguess. Las reinas del feminismo involuntario.
Por las noches invaden las calles, tatuadas, y someten a quien se le cruza por el camino. Los gritos desesperados se oyen, pero nadie quiere salir: lo que en principio era un pasatiempo casi burgués es ahora un fuego explosivo, inmortal.
4
Las miradas afiebradas, que no dejan licuar lo carnavalesco ni siquiera en los bordes góticos, se detienen en su próximo objetivo. Biología y cronología exactas, que se unen para crear el azote último de la vida. Atrás quedaron los falsos profetas, el nuevo superhombre, la mala poesía que renacía, imborrable: todo eso está a punto de desaparecer. Nuestras hijas marginales nos tienen en sus manos. De sus bocas emana el último sonido de la vida, ese que escucha la gente antes de morir. Temblamos como nuestros antepasados europeos temblaban al escuchar la tierra estremecerse bajo los cascos del ejército huno.
5
Mientras retozábamos con nuestros jueguitos proustianos, mientras nos inventábamos una mujer nueva solo para complacer nuestra languidez, se gestaba algo en el seno último, en el seno equivocado, ese que alimentamos y subestimamos. Ese que crecía rechoncho y lleno de vida bajo nuestra mirada desatenta. Casi como un signo irónico de los tiempos: donde lo divino y lo pagano se alinearon, ahí nació un monstruo.
Un monstruo que se hoy se asoma a nuestras ventanas, que las rompe, que se bebe nuestra sangre en bárbaro espectáculo.
Por eso, joven argentino, esto es un llamado a tu saludable, robusta y maravillosa violencia. A la inmensa capacidad de brutalidad que tenés adentro.
Hoy por hoy es nuestra única esperanza.
Una raza de supermujeres brota inesperadamente de las entrañas del inabarcable conurbano. Potentes, neumáticas, guerreras.
2
Hijas del desafío tropical, de la muda, inequívoca e involuntaria reivindicación de lo aborigen, hijas del Sol, de una televisión invencible en su banalidad; que no contenta con sus dominios, trasciende sus límites físicos y se cuela en toda la vida: que es como la lluvia, putrefacta, turbia, que entra mansa en mi casa, en tu casa. Y se hace carne: una carne dulce, sagrada.
3
Son la nueva apuesta revolucionaria, que somete por su sabor. Son las nuevas amazonas. Violentas, con su rostro abigarrado de malas intenciones miran desafiantes al mundo. Las hijas de los drugos de Burguess. Las reinas del feminismo involuntario.
Por las noches invaden las calles, tatuadas, y someten a quien se le cruza por el camino. Los gritos desesperados se oyen, pero nadie quiere salir: lo que en principio era un pasatiempo casi burgués es ahora un fuego explosivo, inmortal.
4
Las miradas afiebradas, que no dejan licuar lo carnavalesco ni siquiera en los bordes góticos, se detienen en su próximo objetivo. Biología y cronología exactas, que se unen para crear el azote último de la vida. Atrás quedaron los falsos profetas, el nuevo superhombre, la mala poesía que renacía, imborrable: todo eso está a punto de desaparecer. Nuestras hijas marginales nos tienen en sus manos. De sus bocas emana el último sonido de la vida, ese que escucha la gente antes de morir. Temblamos como nuestros antepasados europeos temblaban al escuchar la tierra estremecerse bajo los cascos del ejército huno.
5
Mientras retozábamos con nuestros jueguitos proustianos, mientras nos inventábamos una mujer nueva solo para complacer nuestra languidez, se gestaba algo en el seno último, en el seno equivocado, ese que alimentamos y subestimamos. Ese que crecía rechoncho y lleno de vida bajo nuestra mirada desatenta. Casi como un signo irónico de los tiempos: donde lo divino y lo pagano se alinearon, ahí nació un monstruo.
Un monstruo que se hoy se asoma a nuestras ventanas, que las rompe, que se bebe nuestra sangre en bárbaro espectáculo.
Por eso, joven argentino, esto es un llamado a tu saludable, robusta y maravillosa violencia. A la inmensa capacidad de brutalidad que tenés adentro.
Hoy por hoy es nuestra única esperanza.
viernes, 27 de agosto de 2010
Calchaquí
Bajo un cielo morado,
en la conjunción última de rocas:
las piernas descarnadas,
las bocas desdentadas.
Con agua blanca se limpian unos a otros.
Hoy festejan.
Con una sola maniobra,
esquivaron:
- al digital destino de perros.
- al tácito negocio de la muerte.
Se conforman sólo con las piedritas del fuego.
Ian Curtis
La tristeza, como polvo, ensucia todo.
Me confundo con la nieve: estoy ciego.
Bailo en las paredes, en los espejos, en las ventanas.
Una línea casi invisible recorre mi cuerpo:
de arribabajo.
Salto al vacío, pero no me hundo. Me quedo a dormir toda mi vida.
La ciudad se vacía, la calle, las casas. El sol enceguece.
Un desierto gris, una foto negra, placer aún desconocido. Eso es lo que queda de mí.
tres
Jugo de mandarina mezclado con plasticola:
eso sos.
Una mariposa se sienta en mi nariz.
Un ojo que parpadea y guiña.
Aguaviento
que me despeina y se ríe.
Arena blanca en un día gris:
un zafiro, una peca, una urraca.
Bajo un cielo morado,
en la conjunción última de rocas:
las piernas descarnadas,
las bocas desdentadas.
Con agua blanca se limpian unos a otros.
Hoy festejan.
Con una sola maniobra,
esquivaron:
- al digital destino de perros.
- al tácito negocio de la muerte.
Se conforman sólo con las piedritas del fuego.
Ian Curtis
La tristeza, como polvo, ensucia todo.
Me confundo con la nieve: estoy ciego.
Bailo en las paredes, en los espejos, en las ventanas.
Una línea casi invisible recorre mi cuerpo:
de arribabajo.
Salto al vacío, pero no me hundo. Me quedo a dormir toda mi vida.
La ciudad se vacía, la calle, las casas. El sol enceguece.
Un desierto gris, una foto negra, placer aún desconocido. Eso es lo que queda de mí.
tres
Jugo de mandarina mezclado con plasticola:
eso sos.
Una mariposa se sienta en mi nariz.
Un ojo que parpadea y guiña.
Aguaviento
que me despeina y se ríe.
Arena blanca en un día gris:
un zafiro, una peca, una urraca.
martes, 24 de agosto de 2010
bitácora
1
Desde que tenía memoria, F se desmayaba.
Nada grave: un pequeño desmayo y se despertaba al poco tiempo. Este proceso nunca afectó su salud o al menos su desempeño escolar. Por más que investigó, tampoco pudo nunca encontrar una justificación racional de su extraño comportamiento biológico. Si es que realmente se trataba de un procedimiento biológico.
Sus padres, desesperados al principio, fueron acostumbrandose a la situación hasta que se convirtió en algo normal. Sus conocidos también fueron entendiendo el proceso, al punto de que cuando F se desmayaba, no interrumpían lo que estaban haciendo. Era casi como si F, en lugar de desmayarse, hubiera ido al baño o se estuviera atando los cordones.
Hasta aquí, todo es relativamente normal. Conozco gente que se desmaya periódicamente. Incluso hay gente que se desmaya por nimiedades como pueden ser la simple visión de una aguja, o por vértigo. Pero todas poseen alguna explicación sobre sus desmayos.
Lo verdaderamente extraño era que soñaba. Sus sueños eran como parábolas. O mejor, como situaciones. Pequeñas e invasivas situaciones se sucedían a lo largo de sus desmayos.
Es más, daba la impresión de que la verdadera razón de los periódicos desmayos eran los sueños. Como si alguien o algo le quisiera comunicar algo. Además, los momentos que duraba el desmayo eran los únicos en los que F soñaba. Cuando dormía, era incapaz de soñar. Por eso, veía los desmayos como una compensación, una segunda oportunidad.
2
En algún sueño, F apareció en una terraza. Una terraza baja, de barrio.
F recordaba que la casa de su infancia tenía una azotea bastante parecida: piso de membranas, paredes muy bajas. Incluso había ropa colgada. Algunas medias, una toalla blanca. El sol estaba fuerte y hacía bastante calor. F se desabrigó.
Empezó a buscar una escalera para bajar de la azotea, y se asustó. No había escalera para bajar. Era una terraza sin casa. Miró a su alrededor. Estaba rodeado de terrazas iguales. El paisaje llegaba hasta donde sus ojos alcanzaban. Estaba en un océano de azoteas.
F se aproximó al borde de la terraza. Miró hacia abajo: no había nada. Oscuridad.
Calculó mentalmente cuanta distancia había entre donde estaba y la terraza más próxima. Muy poco, tal vez medio metro.
Suspiró, dió un salto y cayó en la siguiente terraza. Era igual a la primera. Incluso en la ropa que colgaba de la soga; era exactamente igual. Se aproximó al borde, y saltó a la siguiente. La terraza se repetía, perfecta. Siguió atravesando terrazas.
Eran todas casi iguales a la primera. Algún detalle cambiaba, como la ropa, o el tamaño de la terraza. Pero en general, eran todas iguales. F no se cansaba, no tenía hambre. Treinta y tres terrazas, treinta y cuatro. El paisaje no terminaba nunca. Y se repetía, como un laberinto. Luego de un tiempo, se agregó un tanque de agua, grande, de plástico, ubicado en lo alto de las terrazas.El tanque negro era un detalle que se vislumbraba en las terrazas vecinas. Como satélites oscuros, cercanos. F se asomó al vacío. Esta era otra característica de sus sueños: Sabía que soñaba, pero no podía despertarse. La cuarta pared de sus sueños era invisible. Existía en el sueño, pero de una manera lejana, insólita. Así que se enfrentó a la oscuridad de abajo. Se paró en la pared y lentamente fue deslizando su cuerpo hacia adelante. Lo último que vió antes de hundirse en la nada fue el sol, una antorcha de carne gris, tan real como el capítulo de un libro.
Desde que tenía memoria, F se desmayaba.
Nada grave: un pequeño desmayo y se despertaba al poco tiempo. Este proceso nunca afectó su salud o al menos su desempeño escolar. Por más que investigó, tampoco pudo nunca encontrar una justificación racional de su extraño comportamiento biológico. Si es que realmente se trataba de un procedimiento biológico.
Sus padres, desesperados al principio, fueron acostumbrandose a la situación hasta que se convirtió en algo normal. Sus conocidos también fueron entendiendo el proceso, al punto de que cuando F se desmayaba, no interrumpían lo que estaban haciendo. Era casi como si F, en lugar de desmayarse, hubiera ido al baño o se estuviera atando los cordones.
Hasta aquí, todo es relativamente normal. Conozco gente que se desmaya periódicamente. Incluso hay gente que se desmaya por nimiedades como pueden ser la simple visión de una aguja, o por vértigo. Pero todas poseen alguna explicación sobre sus desmayos.
Lo verdaderamente extraño era que soñaba. Sus sueños eran como parábolas. O mejor, como situaciones. Pequeñas e invasivas situaciones se sucedían a lo largo de sus desmayos.
Es más, daba la impresión de que la verdadera razón de los periódicos desmayos eran los sueños. Como si alguien o algo le quisiera comunicar algo. Además, los momentos que duraba el desmayo eran los únicos en los que F soñaba. Cuando dormía, era incapaz de soñar. Por eso, veía los desmayos como una compensación, una segunda oportunidad.
2
En algún sueño, F apareció en una terraza. Una terraza baja, de barrio.
F recordaba que la casa de su infancia tenía una azotea bastante parecida: piso de membranas, paredes muy bajas. Incluso había ropa colgada. Algunas medias, una toalla blanca. El sol estaba fuerte y hacía bastante calor. F se desabrigó.
Empezó a buscar una escalera para bajar de la azotea, y se asustó. No había escalera para bajar. Era una terraza sin casa. Miró a su alrededor. Estaba rodeado de terrazas iguales. El paisaje llegaba hasta donde sus ojos alcanzaban. Estaba en un océano de azoteas.
F se aproximó al borde de la terraza. Miró hacia abajo: no había nada. Oscuridad.
Calculó mentalmente cuanta distancia había entre donde estaba y la terraza más próxima. Muy poco, tal vez medio metro.
Suspiró, dió un salto y cayó en la siguiente terraza. Era igual a la primera. Incluso en la ropa que colgaba de la soga; era exactamente igual. Se aproximó al borde, y saltó a la siguiente. La terraza se repetía, perfecta. Siguió atravesando terrazas.
Eran todas casi iguales a la primera. Algún detalle cambiaba, como la ropa, o el tamaño de la terraza. Pero en general, eran todas iguales. F no se cansaba, no tenía hambre. Treinta y tres terrazas, treinta y cuatro. El paisaje no terminaba nunca. Y se repetía, como un laberinto. Luego de un tiempo, se agregó un tanque de agua, grande, de plástico, ubicado en lo alto de las terrazas.El tanque negro era un detalle que se vislumbraba en las terrazas vecinas. Como satélites oscuros, cercanos. F se asomó al vacío. Esta era otra característica de sus sueños: Sabía que soñaba, pero no podía despertarse. La cuarta pared de sus sueños era invisible. Existía en el sueño, pero de una manera lejana, insólita. Así que se enfrentó a la oscuridad de abajo. Se paró en la pared y lentamente fue deslizando su cuerpo hacia adelante. Lo último que vió antes de hundirse en la nada fue el sol, una antorcha de carne gris, tan real como el capítulo de un libro.
lunes, 23 de agosto de 2010
elogio eterno de un viaje mental (a M)
Me llevo la carne dulce, plateada, a la boca y se deshace cuando intento morderla; se convierte en un charco gris y brillante y abstracto.
Y yo pienso:
Es la rabia azul de los desposeídos, los huérfanos del mundo.
Son los sonidos del fin del mundo.
Es la frontera inexpugnable de un reino extinto, invisible.
Y yo pienso:
Es la rabia azul de los desposeídos, los huérfanos del mundo.
Son los sonidos del fin del mundo.
Es la frontera inexpugnable de un reino extinto, invisible.
jueves, 19 de agosto de 2010
efímero análisis de la gravedad del ser
A ver: esto que voy a escribir puede sonar como una aliteración verbal engañosa, o tal vez caprichosa, o capciosa. Pero es sólo un modo de expresar una situación, que no entendía y que tal vez nunca llegue a entender. Por esto, sabrán disculpar el tono grosero, poco elegante. Es, más que nada, producto de mi confusión.
Cuando era chico, se me ocurrió que nunca podría llegar a pensar algo sin saber que lo estaba pensando.
Es decir, nunca podría dotar a mi mente de una barrera que se protegiese a sí misma de sus pensamientos, o de sus recuerdos. Pero una barrera con una flexibilidad que le permitiera a la mente acceder a ellos sin ningún tipo de proceso inductorio. Porque, aceptémoslo, sería de gran ayuda el ejercicio de la autocensura cerebral. Recuerdo la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y creo que por ahí viene la cosa: un hombre solicita los servicios de una sospechosa empresa que, de manera mecánica, automática, hace desaparecer los recuerdos no deseados. Los problemas aparecen cuando el hombre, perdido en su mente en pleno tratamiento, comprende que realmente no desea borrar algunos momentos.
El mecanismo del que estoy hablando (que, obviamente, en caso de existir, se trataría de algo completamente biológico) comprendería este sistema que propone la película. Pero permitiría al sujeto tener control absoluto de su mente. Pero, me pregunto, ¿existe el proceso de borrar información pero sin desplazarla del cerebro?
En El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, la última (gran) novela traducida de Murakami, los “calculadores” codifican y decodifican la información para que no se filtre. La información sólo está a salvo cuando ni siquiera ellos, los encargados de administrarla, la conocen. Definitivamente me estoy acercando. Cuando la información es decodificada, se guarda en una especie de “caja negra” mental. El hombre maneja la información, pero no tiene acceso a ella.
Por otro lado, los tres sistemas de conciencia que propuso Freud en primera instancia (inconsciente, preconsciente, inconsciente) se adaptan perfectamente a este proceso. Los pensamientos o recuerdos no deseados se instalan en el preconsciente, una especie de papelera de reciclaje mental. Y el sujeto, por un proceso desencadenador, tiene acceso al material desechado. No me satisface esta teoría. Cuando se habla de procesos, al igual que en Murakami, tengo la sensación de que no es realmente el hombre el que maneja la información.
Esta semana leí, no recuerdo donde, que los últimos secretos que se esconden del hombre se ocultan en el macrocosmos y en lo profundo de su encriptada mente. Nada más cierto.
Cuando era chico, se me ocurrió que nunca podría llegar a pensar algo sin saber que lo estaba pensando.
Es decir, nunca podría dotar a mi mente de una barrera que se protegiese a sí misma de sus pensamientos, o de sus recuerdos. Pero una barrera con una flexibilidad que le permitiera a la mente acceder a ellos sin ningún tipo de proceso inductorio. Porque, aceptémoslo, sería de gran ayuda el ejercicio de la autocensura cerebral. Recuerdo la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y creo que por ahí viene la cosa: un hombre solicita los servicios de una sospechosa empresa que, de manera mecánica, automática, hace desaparecer los recuerdos no deseados. Los problemas aparecen cuando el hombre, perdido en su mente en pleno tratamiento, comprende que realmente no desea borrar algunos momentos.
El mecanismo del que estoy hablando (que, obviamente, en caso de existir, se trataría de algo completamente biológico) comprendería este sistema que propone la película. Pero permitiría al sujeto tener control absoluto de su mente. Pero, me pregunto, ¿existe el proceso de borrar información pero sin desplazarla del cerebro?
En El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, la última (gran) novela traducida de Murakami, los “calculadores” codifican y decodifican la información para que no se filtre. La información sólo está a salvo cuando ni siquiera ellos, los encargados de administrarla, la conocen. Definitivamente me estoy acercando. Cuando la información es decodificada, se guarda en una especie de “caja negra” mental. El hombre maneja la información, pero no tiene acceso a ella.
Por otro lado, los tres sistemas de conciencia que propuso Freud en primera instancia (inconsciente, preconsciente, inconsciente) se adaptan perfectamente a este proceso. Los pensamientos o recuerdos no deseados se instalan en el preconsciente, una especie de papelera de reciclaje mental. Y el sujeto, por un proceso desencadenador, tiene acceso al material desechado. No me satisface esta teoría. Cuando se habla de procesos, al igual que en Murakami, tengo la sensación de que no es realmente el hombre el que maneja la información.
Esta semana leí, no recuerdo donde, que los últimos secretos que se esconden del hombre se ocultan en el macrocosmos y en lo profundo de su encriptada mente. Nada más cierto.
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